

Con su recién fundada secta "Thelema" escribió "El libro de la Ley" donde explicaba las bases y dogmas de su cachonda manera de ver el mundo. Satanismo, drogas alucinógenas, sexualidad aberrante y se juntaban en una de sus frases más famosas; "Haz lo que tu quieras, será toda la Ley". En 1920 se piró a Sicilia y estableció su Abadía de Thelema, donde empezó a ganarse el título de "el hombre más perverso del mundo".

Apuñala a tus demonios
sonríele a mi cerebro
empápame de cognac,
coño y cocaína.

En la localidad se le recuerda paseando por la campiña con sus amantes, ataviado con sus túnicas y su cetro. La peña no se acercaba mucho por ahí, pues eran famosos sus sacrificios con animales mezclados con drogas y mucho sexo perverso.
El declive empezó de la manera más tonta. Uno de los telemitas, cumpliendo con la ley de "haz tu voluntad", le dio por beber del agua de un charco y el pobre idiota murió intoxicado. Mussolini les cerró la barraca y el pobre Crowley volvió a su Lago Ness.
Poco a poco, todos les fueron dando la espalda, sus amigos, amantes, coleguitas escritores y demás hasta que el tío murió a la sorprendente edad de 73 años. Digo sorprendente, porque se había pasado 50 años metiéndose cantidades indecentes de heroína y otras drogas duras.

En la máxima pobreza y en su lecho de muerte, dice la leyenda que sus últimas palabras fueron "a veces me odio a mi mismo".
Todo un cachondo el Crowley, al que se recuperó en los años del misticismo hippie. El mismo Jimmy Page de Led Zeppelin era un friki apasionado con su obra y hasta compró su mansión del Lago Ness donde moriría en extrañas circunstancias el batería del mismo grupo, John Bonham.
Erudito intelectual para unos, mago charlatán y degenerado para otros. Para mi, lo mejor que nos ha dejado Aleister Crowley, es la canción que oís ahora, que aparece en el primer álbum en solitario del gran Ozzy Osbourne. Atentos al solo final de Randy Rhoads; nunca me cansó de oírlo. Para ir y llorarle en el hombro al guitarrista.